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La ciudad en obra: La vida en Amsterdam

amsterdam-mdiocuh_galealsNo hay barrio, no hay calle en Amsterdam que eventualmente no se encuentre en mantenimiento o remodelación. De un día para otro, sin aviso previo, todo es un desaste: las calles están abiertas, el pavimento ha sido retirado, en lugar de banqueta hay tierra suelta;  al descubierto los cables de teléfono y electricidad, las tuberías de gas, agua y drenaje. Y es que en esta ciudad todo pareciera estar en constante reparación. En los más de tres años que llevo en este domicilio, ha habido en mi calle al menos dos obras que recuerde. Y no es nada raro. En las calles más importantes de la ciudad como Rokin, Ferndinad Bolstraat, Leidsestraat; en las plazas más visitadas, en los parques y estaciones del tren (la estación central lleva más de cinco años en obras)... dondequiera se pueden presentar por sorpesa los altos y rubios albañiles de manos gruesas que toman leche a las 12 del día -durante su descanso para comer-, las excavadoras, las mangueras, los montones de tierra y el material esparcido en la calle. Un amigo me dijo alguna vez, “Amsterdam sería una ciudad muy bonita si alguna vez la terminaran”. Read More

Hay quienes dicen que estos incesantes trabajos de obra pública tienen que ver con exceso de dinero, que es un problema de riqueza. Que el ayuntamiento de Amsterdam tiene un presupuesto muy grande y muchos desempleados, y se inventan obras para emplear gente e invertir dinero.  Sin embargo, creo que hay obras que sí son en verdad urgentes, que vienen a responder a problemas apremientes, algunos ya de años.
Algo similar sucede con las relaciones de pareja. Siempre están en obra y tales obras tienen que ver con problemas de años. Y esta naturaleza de trabajo constante suele ser angustiante, extenuante y muchas veces dolorosa. Es también un problema de “riqueza”: tener una relación es ya un privilegio. En una ciudad como Amsterdam, donde más de la mitad de la gente vive sola, puede considerarse casi como un regalo sobrenatural tener una relación de pareja lo suficientemente sólida como para vivir juntos. Para aquellos “privilegiados” que viven con quien aman, o creen que aman, las cosas no son aún así nada fáciles. Las relaciones, de un día para otro, son un desastre y requieren de mantenimiento. Cuando llueve, el drenaje que ya está corroído se puede taponear, y las aguas negras comenzar a brotar de las alcantarillas e inundar las calles, con un pestilente hedor a podrido.

Por lo tanto, a veces es necesaria una obra importante. Como lo es una nueva línea del metro, que una dos puntos remotos de la ciudad, dos puntos por los cuales los habitantes se desplazan habitualmente. Las relaciones de pareja también pueden precisar de obras monumentales que garanticen (o prometan al menos) su mejor funcionamiento y conecten de manera más eficiente las dos partes distantes. Porque las relaciones también llegan a saturarse, a bloquearse.

Una pareja que miente, que esconde problemas y en lugar de resolverlos, miente una vez más para no tener que enfrentar sus miedos: la mentira compulsiva. Una pareja que prefiere pasar diez o doce horas al día en la oficina que dedicarle tiempo a con quien  vive: la adicción al trabajo como antídoto contra el aburrimiento. Una pareja que tiene arranques de furia y grita y dice cosas hirientes: agredir para sentir que la relación sigue viva. Una pareja dolida que busca terceras personas más jóvenes y frágiles para mantener encuentros sexuales furtivos, y quien sin embargo regresa a casa intentando fingir que nada ha sucedido: el placer promiscuo como revancha. Una pareja que golpea: la violencia como instrumento de posesión y distinción. ¿Qué obra es necesaria en la ciudad para reparar tales problemas de tránsito, de infraestructura?

Hay obras en Amsterdam que cuestan miles de millones de euros, que son tan grandes que llevan años en su realización. Se requieren varias empresas contratistas. Se cierran calles y avenidas durante largo tiempo y el tráfico se hace imposible –aún en bicicleta, ya que hay desviaciones por todos lados y cada día el camino es distinto. Se construyen grúas enormes, que remueven, dragan y excavan, alcanzando las entrañas de la tierra. Me imagino que si la ciudad pudiera sentir, todas estas obras habrían de producir mucho dolor: el peso de las aplanadoras y las máquinas pavimentadoras, comprimiendo la tierra y cubriéndola con capas de toneladas de asfalto. Que la ciudad pudiera sentir lo que estas obras producen, sirve para describir lo que las relaciones producen en uno, los problemas, las largas discusiones y las peleas.

Al final de cuentas, la ciudad no es otra cosa que una ligera, delgada capa de  vida humana cubriendo la tierra. Debajo de Amsterdam se encuentra un mundo subterráneo que únicamente se hace visible cuando las tuberías son reemplazadas, cuando se construye una línea nueva del metro, cuando se tienen que refundar los cimientos de las casas sobre el pantano lodoso. Debajo de la frágil y quebradiza ciudad, se encuentra un mundo distinto, una tierra que no conocemos pero sobre la cual vivimos. Lo que salta a la vista de una relación entre dos personas, lo que sentimos al compartir nuestra vida con alguien más, es sólo la superficie de una dinámica vulnerable pero compleja, que está expuesta a múltiples factores que no son siempre controlables y están definidos por profundas, arraigadas maneras de sentir y pensar.

Las relaciones de pareja son como Amsterdam. Están sujetas a remodelación y mantenimiento interminable. Y estas obras, que tienen como objeto mantener una relación viva, en movimiento, pueden ser tan dolorosas como una máquina dragando dentro de uno. Maquinaria pesada. Discusiones de horas, lágrimas, gritos. Peleas. Las calles están llenas de baches y el pavimento fracturado. Y una vez más, promesas.

Las obras en Amsterdam siguen su curso, tal y como siempre lo ha sido. Los albañiles llegan cada mañana a las nueve para continuar su trabajo. Hasta las ocho de la noche, siguen dragando y construyendo el tunel para el metro que unirá el norte y el sur de la ciudad. Quizá la obra nunca sea terminada, o tal vez esta obra jamás podrá resolver los problemas por los cuales fue diseñada. Quizá eso no importe. Sea como sea, las obras continúan. Las promesas y compromisos aparentemente siguen su curso: no más mentiras, no más ausencias, no más infidelidades. Seguimos creyendo que la obras repararán, como en la ciudad, los problemas que encaramos todos los días. Problemas para los cuales quizá no haya obra que pueda resolverlos.
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