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Aquí un pequeño consejo de viaje: mira lo que comes antes de comértelo.
Estaba tomando un camión de Bucaramanga a Santa Marta, un pequeño puerto y pueblo turístico junto a la costa caribeña de Colombia y cometí el error de comer en “Ke taco”, una versión colombiana de un restaurante mexicano. El burrito que ordené era físicamente insultante, tan es así que estaba seguro que pasaría la mayor parte de la noche en el bañito del camión cuando me dijeron que incluso los hombres orinaban sentados porque en la parte trasera del autobús el movimiento era más brusco. Afortunadamente, mi trasero viajante salió a relucir y estaba instantáneamente estreñido. Como sea, con el estreñimiento, no había nada para calmar los gases producidos por mi burrito “Ke taco” y me sentí mal por cualquiera que fuera sentado cerca de mí durante el largo viaje de 12 horas. Suerte la mía, iba al pequeño pueblo de pescadores “Taganga” y lo más seguro es que no viera a ninguna de estas personas otra vez.
Tenía una reservación en un hostal llamado “La Casa de Felipe”, que pertenece a un francés que había descubierto la Ribera Colombiana hacía más de dos décadas atrás. Jean-Philippe al poco tiempo compró tierras en “Taganga” para establecerse y comenzar el largo proceso de construir el edificio que hoy era uno de los más agradables hostales que he visto. Aunque está a unas cuantas cuadras de la playa, el hostal está construido a lo largo de una colina que nace en los pies de las montañas del este y está lo suficientemente elevado como para alcanzar a ver el centelleante Caribe a medio kilómetro de distancia.
Tan pronto como caminé en el área abierta de la cocina, estaba placenteramente sorprendido de haber encontrado a una mujer inglesa llamada Michelle que había conocido unas semanas antes en San Gil, de este modo me presenté, como un fenómeno que llamo: “carrera hacia los viajeros conocidos una y otra vez”. Yo era relativamente nuevo en la escena hostal y realmente no sabía qué esperar. Nos saludamos y ella me presentó a otro hombre de Irlanda y a alguien más de Canadá. Ellos me dijeron acerca de una pequeña playa a cierta distancia del hostal que estaba del otro lado de la verdosa colina rocosa que bordea la pequeña bahía de Taganga. Pero en la recepción también me dijeron que podía tomar un taxi acuático de Taganga a Playa Grande y, por alguna razón, eso sonaba más tentador. Estaba, después de todo, en plan de trabajo y un intrépido taxi acuático parecía mucho más interesante que una larga escalada bajo el sol ardiente.
Playa Grande no era exactamente lo que esperaba, lo admitiré. Para empezar no era tan grande como su nombre sugiere y en lugar de una extensión de blanca arena y olas chocantes, la playa era más bien una pequeña cala en la base de algunas escarpadas colinas, con árboles retoñando en la arena cerca de la orilla del agua y varias piedras pequeñas en la superficie. A varios metros del agua había “estaderos” o pequeños restaurantes que corren a lo largo de la playa como casas en fila, un empleado, usualmente una mujer, está parado frente a cada uno tratando de convencerme de entrar en su “estadero” por el mejor pescado y las bebidas más frías de la playa. Yo simplemente sonreía y decía: “no, gracias”; mientras continuaba caminando, tomando fotos y todo lo que se pudiera.
Mientras me acercaba al final de la playa vi a Michelle otra vez, tomando un baño de sol sin la parte de arriba de su traje de baño y decidí no perturbarla, sobre todo por mi poca experiencia hablando con una mujer en topless y porque sentí que tal vez mi mirada se pasearía inoportunamente. Así que pretendí no haberla visto y caminé guiado por una senda que me llevó a las colinas. Me imaginé que podría caminar un poco por las veredas y tal vez conseguir unas buenas fotos. Pero mientras continuaba escalando me di cuenta de lo hermosa que la vista era desde ahí, así que seguí.
Me topé con varias calas pequeñas con todavía playas más pequeñas que se abrían a lo largo del sendero y me di cuenta que la única gente ahí eran los pescadores. En la cima de la colina, un mirador de madera con techo proporcionaba sombra a un viejo pescador mientras él miraba las redes desde lo alto, esperando ver las sombras de los bancos de peces acercándose a las redes para que él pudiera alertar a los pescadores abajo, quienes entonces rebobinarían sus redes para atraparlos. Un poco más adelante encontré otra cala y otra playa, aunque en ésta había un “estadero” y había gente jugando en el agua, como yo traía la sangre ardiendo decidí hacer mi camino directo hacia el agua.
Después de un refrescante baño, comencé a hablar con José, quien trabajaba en el único “estadero” en esta bonita y pequeña playa. Se me había ocurrido antes que la palabra “estadero” – la cual nunca había escuchado antes – podría venir del verbo estar. Le pregunté a José si ése era el caso y confirmó mis sospechas diciéndome que “estadero” era simplemente un lugar para estar. Entonces, como que me gustó la idea y sólo me senté ahí, secándome al sol, mientras miraba afuera sobre el hermoso y azul mar para únicamente “estar” por un rato.
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