Muchos turistas y visitantes tienen la imagen de que Ámsterdam es una ciudad de excesos. Las bien conocidas ventanas, con prostitutas que trabajan desde las 10 de la mañana, mostrando sus pechos y abriendo ligeramente su boca insinuando los placeres de la carne; los coffeeshops, donde se pueden comprar gramos de mariguana, hachís u opio; algunas iglesias que hoy en día funcionan como discos; los casinos; las conductas supuestamente liberales de los holandeses... y la lista sigue. Ámsterdam es para muchos, un poderoso caldo de cultivo para darse manga ancha, una ciudad oscura y sucia, tatuada por las drogas, el sexo y el liberalismo. Así pues, uno pudiera decir que aquí todo está permitido, donde los límites, como los colores de una camiseta negra, se han ido deslavando con el paso del tiempo. Y ciertamente así lo experimentan muchos turistas ingleses que vienen a pasar los fines de semana, terminando completamente borrachos y satisfechos, caminando perdidos por los callejones del centro sin poder encontrar su hotel de regreso. La ciudad es entonces como un Dinseyland para adultos.
Sin embargo, para quienes han pasado en esta ciudad más de un fin de semana, para aquellos que por nacimiento, elección u obligación habitan en Ámsterdam, los excesos adquieren otra forma, otra naturaleza. Ya no se trata necesariamente de caminar pacheco por la plaza Dam; ni emborracharse en los botes que pasean por los canales. No es que ningún amsterdamés no pudiera incidir en tales conductas; el punto es, y para ello hay pruebas a pasto, que los excesos de quienes aquí viven son otros. No se requiere de un ojo particularmente fino para darse cuenta de ello, casi salta la vista. Los fines de semana, en especial los soleados ahora en el verano, se convierten en días ideales para salir de compras. Y en Ámsterdam, la gente sí que va de compras. Al pasear por algunas calles del centro, como por la Kalverstraat (Calle del Ternero) -que es lo más cercano aquí a un centro comercial: una calle donde hay cientos de tiendas-, uno es literalmente absorbido por muchedumbres vueltas locas, corriendo de una tienda a la otra.
Los jueves son noches de compras en Ámsterdam -koopavond, como les llaman. Sólo los jueves, las tiendas están abiertas hasta las 9 de la noche, que bueno, a un mexicano le puede sonar de lo más ordinario, pero para un holandés acostumbrado a hacer las compras antes de las 5 de la tarde, esto es en realidad una oportunidad que no hay que dejar de aprovechar. Hay veces que uno no puede entrar al probador o, con suerte, hay cola y se puede esperar hasta 10 minutos. Es por eso que no sorprende que haya gente que se quite los pantalones en frente de uno para probarse la ropa en la mitad de la tienda. Así, las calles se llenan, no sólo de amsterdameses, sino también de gente que viene de otras ciudades o pueblos holandeses a hacer su shopping aprovechando que las tiendas no cierran a las 6 de la tarde, como normalmente lo hacen.
El shopping excesivo, casi pornográfico, va emparejado con otro fenómeno igualmente monstruoso. Ser un/a fashion victim. Lo característico de estas víctimas es su obsesiva adopción de la última tendencia, que en la ciudad que aquí nos ocupa, son las zapatillas de piso en colores fosforescentes, muy ochentas, para las jovencitas. Obviamente, la industria textil y de la moda no funcionaría sin compradores que cada cambio de temporada, cada fin de semana repasen las tiendas buscando novedades, “cosas lindas” que comprar. Sin comparar con París, Londres, Barcelona o Berlín, que son en realidad capitales de la moda europea, y eso todos lo sabemos, Ámsterdam tiene una particular forma de vestirse y de seguir tendencias. Especialmente los estudiantes universitarios gastan mucha energía, tiempo y sobretodo dinero en vestirse a la moda, o crear un estilo individual de lo que es la moda –lo cual es todavía más hip y complicado. Recuerdo que se me erizó la piel una vez que leí en una revista que los estudiantes en Ámsterdam gastan en promedio €230 al mes (unos $3,200 pesos) en ropa, ¡lo cual puede llegar a representar hasta el 40% de su ingreso! Y sí lo creo, de verdad que sí ha de ser cierto. €230 al mes divididos entre cuatro, hace un total de €57.50 para gastarse cada fin de semana ($805). Y una playerita barata de Energie cuesta ya €50 ($700), unos pantalones Guess €110 ($1540), unos zapatos Diesel €130 ($1820). Entonces, no requeriría mucho ingenio gastarse los 230 al mes en ropa. Mucho menos para un estudiante que tiene las tardes libres para andar viendo tiendas.
La gente joven en Ámsterdam tiene una fuerte predilección por lo vintage, ropa de segunda mano de los años setenta y ochenta (nótese que aquí segunda mano no significa más barato; comprar ropa usada puede ser incluso más caro que la nueva). Así, los jóvenes mezclan camisas de smoking viejas con pantalones de mezclilla deslavados y tenis Puma; un look muy smart. Sin embargo, el énfasis está en accessorizing, en combinar diferentes accesorios (relojes, pulseras, cadenas, joyería, cinturones, broches...) para obtener así una apariencia muy individual, personal; y en este punto, ahora sí que la creatividad del sujeto en cuestión es el límite.
Hombres y mujeres, más los jóvenes que los que ya pasaron los 40 años, gastan cientos de euros al mes en una búsqueda interminable por verse bien y sentirse mejor consigo mismos. Y pudiera parecer una exageración decir que la emoción de pasar la tarjeta por el lector de la caja al pagar produce una sensación intensa, tan fuerte que ni un tanque de opio puede comparársele. Buscar un juego de ropa interior de Dolce&Gabanna, la camiseta y bikini a €85, y luego comprarlo, genera más placer que quitarse un triste calzoncito gris, deslavado, en frente de una prosti de €50. Así que si se trata de sobrepasar los límites de crédito, de la moral, o del buen gusto, Ámsterdam es todo un Disneyland (para adultos).
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