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Crimen sin Castigo La vida en Ámsterdam

Un sábado por la mañana me levanté temprano. Para mí, levantarse a las ocho y media en un fin de semana, es algo en verdad raro y debe de haber un motivo especial para ello. El motivo era irme de paseo en bicicleta por el campo alrededor de Ámsterdam. Ya me había puesto de acuerdo con algunos amigos y habíamos quedado de vernos en la estación del tren a las 10:30 para empezar el recorrido. Incluso yo había preparado unos sándwiches para el camino.

El verano ya había llegado y hacía buen tiempo, la mañana estaba soleada y no hacía demasiado calor, una temperatura lo suficientemente agradable como para andar en bicicleta y disfrutar del sol y de los paisajes planos, verdes y con vacas tan típicos de Holanda. Ya desde hacía una semana había estado pensando y planeando a dónde ir. Así pues, era una de esas mañanas en que me sentía como cuando era niño e iba a hacer algo emocionante durante el día. Esa especie de taquicardia ligera que produce hacer algo que uno tiene muchas ganas de hacer. Ya para salir, me preparé para el paseo: tomé mis sándwiches, el agua, la crema con filtro solar y algo de fruta. Ya que había bajado las escaleras, en la calle afuera de mi edificio, vi algo que me dejó un vacío en el estómago, o más que un vacío, fue como un golpe contundente en la base del estómago: mi bicicleta había desaparecido y estaban únicamente los restos de la cadena con la que estaba amarrada.
Desde el primer día que llegué a Ámsterdam compré una bicicleta. Incluso antes de mudarme a esta ciudad, ya pensaba en andar en bicicleta y olvidarme de una vez por todas del auto. Ya no más atorones de tráfico. Ya no más López Mateos a vuelta de rueda, desde el Periférico hasta Las Rosas. Ya no más Avenida Patria atascada de señoras con sus camionetonas que ni siquiera pueden conducir propiamente. Ya nada de eso. Con esa convicción, casi política, decidí comprarme una bicicleta ese primer día de vivir en Ámsterdam. Era una bicicleta negra, que a pesar de parecer una reliquia de la Segunda Guerra Mundial, era muy bonita. Tenía su campanita; un dínamo que daba corriente a una luz al frente y otra trasera; frenos de mano y un espacio para cargar equipaje en la parte trasera, con unos elásticos para asegurarlo.

Salí de la tienda sintiéndome de lo más Ámsterdam con mi bicicleta nueva, enteramente feliz. El gusto me duró una semana. Yo, un extranjero al final de cuentas, que no sabía nada del altísimo índice de robo de bicis en la ciudad, y particularmente -a pesar de sentirme tan Ámsterdam en mi bici- no sabía que un verdadero amsterdanés jamás compraría una bicicleta buena –ya sabe de antemano que se la robarían. Peor todavía, tampoco sabía que las bicicletas siempre se tienen que encadenar contra algo fijo (un poste, arbotante, reja, etc.) para evitar así que los ladrones se las llevan cargando de cantarito, con todo y los candados puestos, hasta un lugar seguro donde puedan romper el candado o segar la cadena. Por todas estas cosas que en ese entonces no conocía, y que muy pronto aprendí, mi bicicleta negra y yo no pasamos mucho tiempo juntos. Sólo una semana. Fue la primera bici que perdí, pero no la última.

Luego de cinco años de vivir en Ámsterdam, honestamente he perdido la cuenta de cuántas bicicletas me han robado. No creo que sean menos de 6 ó 7. Y sucedió otra vez aquel sábado, cuando ya tenía el plan de irme a andar en bici con amigos, los sándwiches preparados y las ganas de desafanarme por un día de la ciudad. Sobre la banqueta, ahí estaba el candado íntegro pero la cadena cortada en dos; allí, como prueba del robo que había sufrido. Como prueba de que mi plan se había ido al carajo.

Empecé entonces a caminar por la calle, fijándome en las bicicletas alrededor mío, con la esperanza de que una de ésas fuera la mía. ¿Qué haría entonces si por azares del destino viera a otra persona andando en mi bici? Yo creo que lo perseguiría, correría hasta alcanzarlo y le diría que, con toda la pena, esa bici es mía, que me la acababan de robar y que me pertenece. Pero ¿quién roba todas estas bicicletas? ¿A dónde se las llevan una vez que las han hurtado? ¿Qué les pasó a éstas ahora 8 ó 9 bicicletas que me han robado?

Si se pone atención a lo que sucede en la calle, uno se da cuenta que algunas personas con los ojos hundidos, molachos, flacos y con ropa más bien sucia, queditamente le dicen a uno al pasar, casi susurrando, “fiets te koop”, que quiere decir algo así como “te vendo la bici”. Son junkies, o drogadictos, que a pesar de recibir dinero del gobierno para subsistir, financian su vicio con la venta de bicis que ellos mismos roban en la calle. Las venden a los transeúntes en las avenidas más transitadas o en un puente que está junto al Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Ámsterdam. Hay muchos de estos vendedores, lo cual explica porqué tantas bicicletas son robadas.

Como resultado, en las calles de Ámsterdam abundan los candados despedazados, tirados en la calle; las cadenas rotas; los restos de bicicleta, sin llantas ni asiento, el puro cuadro oxidándose bajo la lluvia sin que nadie lo recoja, o únicamente la llanta delantera encadenada a un poste, como prueba de que se robaron el resto de la bicicleta y no pudieron romper el candado y llevársela entera. Todos estos fierros y trozos de plástico tirados son como los pedazos de un cadáver descuartizado que está esparcido por toda la ciudad, el cuerpo del delito, de un crimen que nadie ha resuelto, de un crimen sin castigar.

 


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