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Bucaramanga es sin duda la ciudad de la fiesta. Creo que eso viene con el territorio. Empezando un poco con el calor, pasando por el ritmo tropical y un salpicón de Aguardiente y tenemos la receta de “la rumba”. Una traducción literal de rumba podría ser fiesta pero definitivamente hay más. Me di a la tarea de preguntarle a varios colombianos cómo podrían definir o describir “la rumba” y éstas son algunas de las respuestas que obtuve:
- Todos bienvenidos
- Bailar y tomar
- Un estado mental compartido de la gente
- Depende de la perspectiva del rumbero
Mientras cada “rumbero” se enfiesta de la forma que quiera, una cosa es cierta: los latinos tienen “la rumba” en su sangre y el resto de nosotros únicamente hacemos un tipo de improvisación.
En “Cabecera” uno de los vecindarios más agradables de Bucaramanga hay literalmente cientos de pequeñas (y grandes) “tienditas”, cafés y bares que se encargan de ofrecer servicios para todos los estratos sociales y para cada gusto. Uno puede quedarse en la terraza de una “tiendita” que es un poco más que una tienda que vende licor y cerveza a precios accesibles. En estos lugares es común encontrar varios grupos de universitarios, así como también albañiles con mesas llenas de botellas de cerveza vacías y muchas más en camino.
En una “tiendita” es posible encontrar una cerveza por $1200 pesos colombianos, algo así como 50¢ de dólar americano. Los cafés venden todo desde una taza hasta una “pecera”, un enorme tazón en forma de copa con toda clase de licores. Incluso puedes pedir algo de comer en la mayoría de ellos. Los cafés tienden a ser un poco más caros que las tienditas, y en ellos una cerveza cuesta alrededor de $2000 pesos colombianos. Y después están los bares no más grandes que un baño de aeropuerto o una desgarbada discoteca, en los que cientos de rumberos se reúnen para la fiesta.
En Halloween enfilé hacia uno de mis cafés favoritos, “El Café del Maestro”, ubicado en la Calle 44 justo en la esquina de Carrera 33. Estaba sorprendido de ver a toda la gente vestida con disfraces en una fiesta tradicionalmente norteamericana, pero tal como lo hacen en Estados Unidos, los colombianos también buscan por una buen pretexto para irse de fiesta. Pero “la rumba” no sería esa noche. Justo en la puerta de al lado, en el “Jamming”, un bar mediano, un grupo de reggae estaba calentando los ánimos.
Odio ir a las fiestas con todos esos rasta-wannabes (improvisados rastafaris) que piensan que sólo porque ellos usan algunas rubias y mugrosas rastas se convierten automáticamente en uno con Jah. Pero en Colombia, una vez que unes todas las piezas, estamos hablando de una población de negros mestizos de más del 20%, e incluso más en “tierra caliente”. Y así como los latinos tienen “la rumba” en su sangre, los mulatos vienen de las islas, así que no hay manera de obtener algo más auténtico que eso.
Paola Suárez, co-propietaria del Jamming, lucía absolutamente “deliciosa” vestida como Pocahontas (al menos eso fue lo que asumí que era su disfraz). También me crucé con Minnie Mouse, una gata Kitty, una monja borracha y todo tipo de atuendos festivos. Yo alegaba que iba vestido de un periodista norteamericano. Todos los clientes estaban disfrutando del ritmo del reggae e incluso este chico blanco y tieso se aflojó un poco y se sacudió como el resto.
La fiesta se volcó a las calles y hordas de gente emprendieron su camino hacia “El Parque de las Palmas”, donde varios camiones estaban alineados para llevar a la gente a Bogotá y al concierto “Rocke al Parque” – uno de los eventos más importante en Sudamérica. El concierto es un evento de tres días en el parque Simón Bolívar en Bogotá y en esta ocasión incluyó grupos como “Paradise Lost” de Inglaterra, “Sargento García” de Francia, “Black Rebel Motorcycle Club” de Estados Unidos, “Babasónicos” de Argentina, “Gondwana” de Chile y de Colombia, “Velandia y la Tigra”.
Si yo fuera un verdadero periodista hubiera saltado a alguno de esos camiones y seguido a la multitud a Bogotá; pero estaba pensando en “Pocahontas” y en que ese interés humano podría tener una historia. Ya saben, ser su “John Smith” y sacudir las cosas un poco. Y aunque ella no mordiera el anzuelo, había al menos otros 20 bares a poca distancia y un montón de luces, cámara y acción en cada uno de ellos.
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