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El Cubano poeta, escritor y cofundador del Seattle Latino Film Festival (SLFF) Jorge Enrique Gonzalez-Pacheco nos regala un poco de su tiempo y platica con El Diablito sobre este festival tan esperado.
Jorge a logrado basatante durante su carrera; su escritura, ya sean sus poesias o su exelente periodismo lo an llevado a ser publicado en diversos paises como Cuba, Mexico, Puerto Rico, Chile, Argentina, España, Francia, Brazil, y en los Estados Unidos.
A escrito y publicado una serie de libros y antologias que son: Poesía Ilustrada (New York, 1992 E.U.A), Antología de la Décima Cósmica de La Habana (México D.F, 2003 México), Notaciones del Inocente (2003 España), Tierra de Secreta Transparencia (2004 España), Yo árbol, molécula secreta (inedito) y Bajo la luz de mi sangre / Under the light of my blood –edicion bilingue- (Victoria BC, 2009 Canada).

Con eso de la Copa Mundial como que se queda uno con espíritu deportivo, lo cual me hizo pensar en los grandes deportistas que hemos tenido en Latinoamérica. Y en eso estaba cuando me acordé de Julio César Chávez, el boxeador más grande que ha dado México. “Julio César Chávez es un campeón con toda la barba”, declaró el presidente del Consejo Mundial de Boxeo, José Sulaimán, después de una de las avasalladoras victorias del púgil, en su momento de máximo apogeo. Así es, Julio César ha sido uno de los mejores boxeadores del mundo, no sólo de su tiempo sino de todos los tiempos, y en su momento también fue llamado el mejor boxeador libra por libra.
Julio César conjugaba todas las virtudes posibles que puede tener un boxeador: pegaba, aguantaba, se quitaba golpes, boxeaba, se fajaba, y tenía una extraordinaria habilidad para manejar ambas manos. ¿Quién no recuerda esa forma magistral de usar la mano izquierda –a pesar de no ser zurdo—que tan bien la usaba en la defensiva como en la ofensiva, y con la misma facilidad que asestaba un buen gancho lanzaba un potente volado.
El primer gran mérito de Julio César Chávez fue haber hecho que México recobrara la esperanza de tener un verdadero campeón, esperanza que se había perdido con la muerte de Salvador Sánchez, en aquel fatídico agosto de 1982. ¿Cómo olvidar aquella derrota del “Indio de Cuajimalpa”, Lupe Pintor, frente a Wilfredo Gómez, al sufrir un humillante knock out en el catorceavo asalto –cuando las peleas duraban 15 rounds-, en una pelea que ya parecía tener asegurada, y precisamente en esos días en que la muerte de Sal Sanchez aún estaba fresca, o el robo tan descarado a Mario “Azabache” Martínez en su pleito frente a Azumah Nelson que hizo ver aún más oscuro el horizonte del boxeo mexicano?
Al menos cuatro peleas fueron de gran significancia para Chávez cuando estaba en la cúspide de su carrera, empezando con aquella tan cruenta en la que se enfrentó a su compatriota el “Azabache” Martínez, por el título vacante de peso súper pluma. Pleito que ganó en cerrado combate de titanes mexicanos; y es que, como es sabido, es en México y Cuba donde están las mejores escuelas de boxeo, situación que se constató durante todo el combate por la clase y escuela que ambos desplegaron.
La segunda pelea grande llegó cuando, invadiendo la división de los pesos ligeros, Julio César le arrebató el campeonato al boricua Edwin Rosario que, quiero agregar, aunque un tanto hablador, fue un oponente que mostró un gran pundonor, como la mayoría de los boxeadores puertorriqueños. De la masacre que hizo con Hector “Macho” Camacho no hablaré porque, no obstante ser una victoria en extremo significativa, las peleas que siguieron fueron más sustanciosas.
Después vendría la que algunos llamaron la pelea de la década (de los noventa), con Meldrick Taylor, contrincante de estilo difícil y escurridizo, a quien le sacó la victoria de la bolsa noqueándolo a unos cuantos segundos del campaneo final, en un pleito que el estadounidense iba ganando, pero que se convirtió en un triunfo contundente para el mexicano. La última gran pelea de Chávez sería ese polémico empate en el que se disputaba el título de los welter contra el también estadounidense Pernell Whitaker, cuando la prensa norteamericana ya se comía vivo a Chávez, acusándolo de robo. Pero la verdad es que durante toda la pelea Whitaker se la pasó abrazando y corriendo, que es también una escuela que se ve en muchos boxeadores afroamericanos, porque se suben al ring en bicicleta y lo último que les pasa por la mente es boxear.
Algo curioso que pasó con Julio César fue que, a pesar de ser el más grande boxeador mexicano de todos los tiempos, lo que le faltó fue convertirse un verdadero ídolo. Y es que, incluso cuando en sus inicios se percibía sencillo y nada presuntuoso, a Chávez le faltaba el carisma que tuvieron otros que en verdad sí fueron ídolos; y me refiero al famoso Raúl “Ratón” Macías y al gran Rubén “Púas” Olivares, que movían a la gente a seguirlos más allá de su desempeño en el ring.
En la vida todo tiene un fin y, como dice la canción, “lo que empieza termina”. El principio del fin para Chávez no fue cuando tuvo su primera derrota, sino cuando se convirtió en producto de una de las dos grandes cadenas televisivas de México. Antes de eso su carrera había sido, hasta cierto punto, limpia; tan limpia como el hecho de lidiar con empresarios boxísticos lo podía permitir. Pero a partir de allí vinieron las francachelas en grande con artistas y big honchos de toda clase, tanto del deporte, del espectáculo, como de la política. Es así como el boxeador deja de ser deportista para convertirse en celebridad, y con eso no se gana en el ring, así que el descuido personal constituye sólo una consecuencia natural. Y vino la primera derrota.
Otra de las cosas --tal vez la más grande-- que acabó a Chávez fue su falta de corazón, ya que, a diferencia de la serenidad que mostraba en sus primeros años, una vez que empezó a perder se desmoronó moralmente y perdió el control. Tras su primer fracaso ante Frankie Randall, vendrían algunas victorias insignificantes, pero el terreno parecía estar preparado para recibir esa dolorosa y decisiva derrota ante Óscar de la Hoya que, dicho sea de paso, no era pieza para Chávez, pero la juventud y un gigante aparato empresarial se impusieron. Julio César ya no se pudo recuperar anímicamente, más que nada porque no sabía perder. Lo que recuerda al enorme Daniel Zaragoza, un boxeador mexicano que era más malo que la carne de puerco, pero con un tesón y una disciplina que lo llevaron a ser campeón del mundo. Y me atrevo a decir que si Chávez hubiera tenido un corazón como el de Zaragoza hubiera sido un superhombre.
También habrá que mencionar que últimamente Chávez andaba muy lejos de su peso natural al invadir cada vez más divisiones. Y cuando un boxeador va aumentando peso hacia divisiones más altas su pegada pierde mucho poder. Como le pasó al mismo “Púas” Olivares, cuando tuvo que saltar directamente de gallo a peso pluma, ya que en su tiempo no había pesos intermedios como ahora, y las cosas para él ya no fueron igual porque su pegada perdió contundencia. Y un caso aún más dramático es el del legendario José Angel “Mantequilla” Nápoles, cuando quiso ser campeón de peso medio, retando ni más ni menos que a Carlos Monzón, en un encuentro durante el cual dicen el “Mantequilla” le pegaba a Monzón y parecía que le hacía cosquillas, desistiendo finalmente de su intento en el séptimo asalto.
Desafortunadamente, una mancha muy grande quedó en la carrera y la imagen de Julio César –que es esto lo que más recuerda mucha gente-- por no haberse retirado a tiempo. Porque a él le pasó lo que a la mayoría: estar en el ring se convirtió en una segunda naturaleza aún cuando seguía perdiendo. Y lo peor de todo no fueron sus derrotas, sino el no saber asimilarlas, al punto que se empezó a ganar fama de llorón. Pero todo eso, junto con sus escándalos pasionales, fiscales y funestas pítimas, sería parte de otro comentario que les dejo a gente como Origel y la Chapoy. Yo lo que quiero es celebrar los logros del boxeador fuera de serie que fue Julio César Chávez así que, a la cuenta de diez, me despido y... out.

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La Hispanic Seafair (Feria Hispánica del Mar) fue fundada el mismo año que Marta Font, actual co-presidenta de la organización, nació. Desde 1980, la feria ha estado dedicada a ofrecer becas a mujeres latinas de la localidad. Junto con el co-presidente, Manuel Ríos, de la oficina legal Rios & Cruz, y Michelle Font, directora del programa de becas, y un anfitrión de voluntarios, la sra. Font produce un festival que es más que sólo pasar un rato agradable. “Amo estar involucrada con una organización que está creciendo y continúa apoyando a la mujer latina para conseguir sus sueños de educación”, dijo a El Diablito en entrevista reciente.
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