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Which country should the U.S. invade next?
Todo comenzó con un pequeño estornudo a la hora del café. Como buena hipocondríaca, me dispuse a hacer inventario mental de mi botiquín, inicie la lista de compras para el caldo de pollo y el resto de los accesorios necesarios para sobrevivir un resfriado. Esa misma tarde, armada con un termómetro, cobija y paquete familiar de Kleenex, me recosté a esperar la ola de síntomas. Estaba dormitando placidamente cuando entre sueños escuche fracciones de la noticia mas sonada de los últimos días. Se me erizo la piel y quede sentada de un brinco cuando me pregunte, será que tengo H1N1?
Salí corriendo de la habitación con rumbo a la sala con el computador bajo el brazo, y me instale en el sofá frente al televisor. Mientras veía las noticias con un ojo, con el otro devoraba toda página que hablara del H1N1. Cuando quede satisfecha con la cantidad de información asimilada, me dispuse a escribir mi testamento. Esa misma noche se disiparon mis preocupaciones cuando, en un momento de lucidez, note que me sentía más fresca que una lechuga. Me sentí ridícula por mi reacción tan dramática, me había dejado llevar por tanta información amarillista.
Decidí que preocuparme era ridículo, por el momento me había salvado, pero un contagio era cuestión de tiempo porque no había sido vacunada y tampoco tenía intención alguna de hacerlo. A pesar del horror y desacuerdo de mi padre, decidí que los ingredientes y posibles complicaciones de las inmunizaciones contra la influenza común y la porcina me producen mas temor que el contraer las enfermedades. Desconfío particularmente de la vacuna contra el H1N1, opino que no existe suficiente evidencia de su eficacia ni de la ausencia de efectos a largo plazo como para justificar el riesgo.
Recuerdo que el resto de esa semana paso volando, estuve tan ocupada que no tenía tiempo ni de comer. Lo poco que comía me causaba nauseas, opte por solo comer en las noches y procure tomar líquidos durante el día. Me sentía cansada, a veces acalorada y despertaba por las noches sudando, para el fin de semana estaba afónica pero no me dolía la garganta. Asumí que el estrés de la semana me había alborotado la acidez y el reflujo y nuevamente me estaba irritando la garganta. Hice cita con mi internista, y después de una cuidadosa evaluación de mis síntomas, me informo que tenía fiebre y me diagnostico con H1N1.
Como según estaba en la etapa final de la influenza, el Doctor me receto una ronda de antibióticos para evitar la pulmonía, que comúnmente ataca después de que un virus como el H1N1 produce inflamación en las vías respiratorias. También me receto jarabe para la tos que no tenia, todavía. Me negué a creer que tenia gripa porcina porque realmente no me sentía tan mal e ignore las recomendaciones. Pero después de dos infecciones mas, un moretón gigante en la mano (cortesía de una ruda enfermera de la Sala de Emergencias), dos visitas semanales a mi Doctor durante un mes en el que tenia fiebre todos los días, finalmente decidí escuchar al medico y descansar. Y funciono.
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